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El destino

27 febrero 2009

Siempre me ha parecido muy gracioso el concepto del destino,  que haya gente que crea que todo lo que le ocurrirá a lo largo de su vida “esté escrito” en algún lado, que esté predefinido.

Destino

Libertad de elección

El destino es un poco cajón de sastre, se lo puedes aplicar a todo lo que se te pase por la cabeza. Si alguien muere atropellado ha sido el destino, si conoces a la pareja de tu vida es que ése es el destino, si rompes la relación con tu pareja es que no estábais destinados. Destino, destino, destino….

Pues no, me niego, creo en el libre albedrío, en que somos completamente libres de decidir lo que queremos hacer, en que somos capaces de decidir cualquier trivialidad y que esta decisión influirá en hechos futuros.

Pero esto de la libertad de elección lo tienen cubierto los creyentes en el destino. Si cruzas la calle sin mirar, te atropellan y te matan ha sido el destino. Sin embargo, si decides esperar en el paso de cebra a que el semáforo se ponga en verde (para tí), cruzas la calle y sigues viviendo es que no estabas destinado a morir. Pase lo que pase, hagas la elección que hagas, siempre dirán que ha sido el destino y no tu libre albedrío el que ha entrado en acción.

No pretendo convencer a nadie, de hecho si lo intentase preferiría que este post fuera más largo y sesudo. Cada uno que siga con sus ideas si de esa forma es feliz. Yo por mi parte me negaré a creer que tenemos una vida tan vacía, una vida sobre la que no tenemos control. Al fin y al cabo, si desde que nacemos ya “está escrito todo lo que nos ocurrirá”. ¿para qué seguir vivo?, ¿qué aliciente tiene entonces esta vida?. Y si ya encima creyese en la reencarnación me daría un ataque, viviendo y viviendo vidas insustanciales en las que sería una mera marioneta. Pufff!!!

En fin, que menos mal que es viernes.

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Categorías:Chillo, luego existo
  1. 5 marzo 2009 en 22:31

    Bueno, la realidad es algo más complicada, porque no depende sólo de nuestro libre albedrío, sino de las interrelaciones entre los “libres albedríos” de los que nos rodean, lo que da pie a que empleemos el “destino” como excusa con la que culpar nuestra mala fortuna y así evitar nuestra culpa.

    Te queda un caso por contemplar: el peatón que a pesar de que decide cruzar por un paso de peatones esperando el tiempo necesario a que el semáforo le autorice y, sin embargo, muere atropellado igualmente. ¿Eligió mal el momento? Todo lo contrario, en este caso, como es incapaz de encontrar un por qué lógico a su desgracia, la salida fácil es la resignación y culpar de nuevo al destino como responsable de sus males.

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